|
ROGELIO MARQUEZ
Rogelio Márquez recibió el llamado en su oficina esa mañana, ubicada sobre Carlos Pellegrini 935 en pleno centro de Buenos Aires, “Va a volar la embajada de Norteamérica” y colgaron. No dijeron si era en ese preciso instante, o mas tarde o mañana o cuando. Solo eso y cortaron.
No se demoró, marcó el número de la embajada y avisó. Inmediatamente desalojaron todo el personal. Entraron los bomberos y un equipo antibombas. Revisaron todo y no encontraron nada.
Falsa alarma confirmaron, pero citaron a Márquez y cuando se presentó, lo interrogaron:
-¿Cómo se enteró?
-Recibí un llamado, -y relató cómo- -Avisé de inmediato, no podía saber si era real o falso.
-Le agradecemos, pero ¿Por qué lo llamaron a usted?
-No lo sé. Puede ser por mi condición de periodista; cubrí algunos episodios de la guerra en Irak hace dos años, para una revista norteamericana; me pagaron muy bien, entrevisté gente de ambos bandos. Algunos colegas me dijeron que no me metiera ahí, pero estoy seguro de haber sido imparcial. O quizás algún colega me quiso hacer un chiste, realmente no lo sé.
-Está bien, haremos lo siguiente: Los medios estarán todo el día atrás de este tema, es su forma de vida, pero no queremos ninguna publicidad en este caso. Vamos a encargarle que rastree las llamadas y le daremos los medios tecnológicos necesarios para que averigüe de donde vienen. Buenos días y esperamos sus noticias.
Los americanos son prácticos y de pocas palabras. Así escuetamente se trató el asunto.
Márquez volvió a su oficina, antes tomó un café en el bar de la esquina, necesitaba que se le aclararan las ideas. Compró un Camel de 10, como de costumbre; al entrar, saludó a la hija del portero que crecía a pasos agigantados, y se metió en su oficina. Pulsó el grabador de mensajes y salvo una llamada de su esposa, que como siempre le encargaba algo de pasada; y el plomo de Raúl, con el tema del alquiler de la canchita de Fútbol 5, para el viernes a la noche, ningún otro llamado; nada del tirabombas.
El número 5 de la canchita le hizo recordar que tenía que llevar a arreglar su reloj, que atrasaba precisamente esos minutos.
Septiembre había arrancado lindo y el frió aflojaba. Se quedó pensando en lo difícil que le resultaba seguir el ritmo de sus amigos mas jóvenes en la canchita, pero desechó el pensamiento porque sabía que el remedio, era dejar de fumar y los asados de los domingos, y ninguna de esas dos cosas iba a dejar de hacer. Hizo llamados, mandó varios e-mailes y cerró la oficina.
Fue hasta la cochera del edificio y subió a su auto. Tenía un mensaje pegado en el parabrisas. –“Mañana”- No sabía que hacer, o mañana era la bomba o mañana el nuevo llamado. Alertó nuevamente a la embajada; le dijeron que tomaban medidas de inmediato. Arrancó su auto y salió por Carlos Pellegrini en dirección norte.
Al día siguiente mientras revisaba unos papeles y preparaba un seguimiento a una modelo, con la esperanza de pescar una buena nota para su revista y certificar que el marido, de la única forma que podía usar sombrero, era haciéndole dos buenos agujeros por la parte delantera, sonó el teléfono.
-Más tarde te digo el día y la hora, y colgó.
Era la vos del tira bombas, quería jugar al suspenso, dudó entre avisar a la embajada o esperar el próximo llamado. Ocupó la mañana en sus quehaceres y al mediodía se encontró con Raúl y almorzaron juntos. El pidió una milanesa napolitana a caballo y Raúl un lomo con pimienta y una ensalada de berro. Lo acompañaron con un cabernet sauvignon. No le comentó nada, a Raúl le interesaba el fútbol y las minas, era soltero, pintón y aprovechaba el tiempo libre que le dejaba su trabajo, en esos dos menesteres exclusivamente. Regresó a la oficina y en el momento de abrir, sonó el teléfono.
-Mirá la hora y anotala. Miró el reloj en la pared, regalo de su esposa, cuando inauguró la oficina. Eran las 15.00 horas en punto. Volvió a recordar que tenía que arreglar el suyo.
-A esa hora vuela la embajada, el día tenes que averiguarlo, y cortó.
-¿Cómo? -¿Como lo voy averiguar? ¡Este tipo es un loco y me quiere enloquecer a mí! -Gritó estresado-
Trató de pensar. ¿Porqué a él los llamados? No quería relacionarlo con sus reportajes a soldados norteamericanos en Bagdad; no había hecho favoritismo alguno en los relatos, o por lo menos así lo creía. Siguió pensando y tratando de atar cabos, pero no lograba nada. Tenía la impresión que el terrorista iba a seguir con su juego.
-Los yanquis nos hacen mucho daño y tenemos que corresponder. -fue lo que escuchó al día siguiente al atender su celular- mientras seguía a la modelo rubia con el marido imposibilitado de usar sombrero.
-Ata cabos periodista, queda poco tiempo, pero aunque exprimas el cerebro, vos y la embajada, no van a impedir que nuestra justicia se cumpla. ¡Mirá las fechas! y cortó.
-¡¿Que fechas tengo que mirar, donde, que fechas, cuando?!
De vuelta a su oficina llamó al cadete: -Comprame un camel de 10.
-Si jefe -le contestó el chico con una media sonrisa- El jefe, con la dicción exagerada le sonó a cargada. -A este pendejo lo tengo que frenar.
Siguió interrogándose. Me dijo que faltaban pocos días, por lógica es en este mes, Septiembre, pero que día, solo tengo la hora, l5.00 en punto. Largó todo y bajó, al tiempo que el cadete volvía con los cigarrillos.
Durante una semana nada supo del terrorista. Era un chistoso -se dijo- y comenzó a relajarse. Desayunó tranquilo en su casa, besó a su hijo que aún dormía, a su esposa, y sacó el auto del garaje. Ingresó al edificio y justo en el momento en que se deleitaba con la hija del portero, que increíblemente esa semana había tenido un crecimiento asombroso, sonó su celular.
-¿Y? ¿Ataste cabos periodista? ¡Mirá las fechas te dije!
El tipo cortó y lo dejó tan confundido, como seguramente se sentiría Jesús en el día del Abuelo. ¡Otra vez las fechas! ¿Que fechas? Sin embargo se empeñó en recordar los hechos importantes ocurridos en ese mes.
-¡Pero claro! ¡11 de septiembre! ¡El día de la “Torres Gemelas” y el mes 9, suman 20!
-¡20 de Septiembre a las 15.00 horas! -¡Faltaba 1 hora!
Llamó a la embajada, mientras se dirigía hacia ésa. El delirio era total. Bomberos, policías y perros antibombas. El artefacto no aparecía. Al entrar, vio que desalojaban a los últimos empleados, y ayudó a hacerlo. Si la bomba explotaba no habría victimas, pero el edificio sería destrozado, y el orgullo de los norteamericanos una vez mas burlado.
Observó el hall del enorme edificio y se dispuso a salir, ya no había mas nada que hacer, solo quedaba con él, el bombero encargado de que nadie quedara adentro.
Miró su reloj. Eran las 14.55 -¡Vamos! -Le dijo al bombero- ¡Salgamos!
El horror se pintó en su rostro al ver que éste abría su campera, y con una fanática sonrisa, mostraba la enorme carga de explosivos, con el mecanismo de relojería ajustado a las l5.00 hs, al tiempo que lo abrazaba, y todo volaba en pedazos.
|